Dales Voz a Las Víctimas

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MINAS, UNA PESADILLA MACABRA

1241097_10151626275403016_1351805662_nParecen olvidar que el origen está en una guerra, con bandos enfrentados, armas, bombas, muerte, sangre, sufrimiento, drama y odio. Parecen olvidar que, cuando se firmó el Alto el Fuego, dejaron aquel desierto con un paisaje de desolación, repleto de restos abandonados que hacían presagiar que el reguero de muerte continuaría. Y así es. Son miles las víctimas  y la cifra se incrementa, aunque no se diga ni se lleve exhaustivamente la cuenta. Así de nada sirven los esfuerzos, ni las campañas, ni las acciones. De nada sirve tampoco quejarse, ni ahogarse en gritos que nadie escucha, ni desesperarse. Porque crear conciencia debe partir del principio fundamental de tenerla, del reconocimiento de los errores y de asumir la responsabilidad de solucionarlo y, por supuesto, de apechugar con las consecuencias.
En el Día Internacional para la Sensibilización sobre las Minas no basta con recordar que son armas destructivas, activas muchos años después de su colocación. No basta con insistir en que están diseñadas para causar el mayor daño posible a un cuerpo humano, ni con informar de que su precio es ínfimo al lado de lo que cuesta quitarlas. Y, ni que decir tiene, si lo comparamos con las consecuencias de su utilización, prohibida en los modelos antipersonal, pero no en los demás, que son muchos y de muy variados tipos y cargas. Que no, que no basta con eso, ni con ponerles adjetivos que responsabilizan al otro bando. En una guerra, todas las partes usan minas terrestres indiscriminadamente para proteger y defender sus posiciones. Pero también se las olvidan una vez que concluye la contienda, sembrando así antiguos campos de batalla que recogen cosecha en muertos, heridos y sangre de inocentes.
Que las minas son asesinas. Artefactos explosivos colocados por los ejércitos para protegerse y, a la postre, matan civiles. Despiadados son quienes las fabrican, las comercializan, las compran, las usan y, después, ni siquiera las quitan para que asesinen. El coste de la atención a todas esas víctimas es muy elevado, sobre todo en términos económicos, pero también en conciencia y humanidad. Por eso debe haber responsabilidad, en toda la extensión de la palabra. La política debe servir a los pueblos, no servirse de ellos. Todos los representantes gubernamentales del mundo deberían dejarse la piel por el bienestar de los ciudadanos, impidiendo ponerles en peligro. Las minas (y todos los demás restos explosivos de guerra) son más que un peligro, son una amenaza real y permanente para los pueblos que quieren vivir en paz.
Quizá ese sea el punto de inflexión en el Sahara Occidental, uno de los 10 territorios más contaminados por minas del mundo. Siete millones siguen esperando hacer su aparición estelar, al ser accionadas por presión, contacto o manipulación. Siete millones, que se dice pronto si nos paramos a pensar que aquello es un desierto, donde si se reconocen 50 víctimas serán en verdad 100 o más. Quién sabe. Cifras oficiales no hay, ni en la parte controlada por Marruecos ni en la del Frente Polisario. Ambos reconocen 2.500. Los primeros con un 80% de víctimas miembros de las fuerzas militares, la mayoría caídas en acciones de desminado para la apertura de vías terrestres de comunicación. Los segundos, con un 80% de civiles, que desconocen el peligro real y cometen errores que se pagan demasiado caros. Demasiadas víctimas, demasiadas. Y puede que todo esto requiera de una profunda reflexión, dejando a un lado la política y centrando la solución en la salvaguarda de la vida.
Que quizá la razón de tanta víctima sea que en realidad no hablamos de víctimas en tiempo de paz. Porque el conflicto del Sahara Occidental no deja de ser una guerra, sin conflicto bélico, pero una guerra política, mediática, que amerita para unos el mantenimiento de un muro defensivo gigantesco y armado hasta los dientes con la más moderna y sofisticada tecnología militar. Pero las minas se extienden por todo el territorio, movidas por la erosión, inundaciones y por la acción del hombre. Otro de los graves problemas generados por la no solución definitiva al conflicto. Más muertos, más amputados, más víctimas con secuelas psicológicas de por vida. Huérfanos, viudos y viudas, lágrimas de madres, padres, abuelos y hermanos impotentes. Víctimas inocentes, de un lado y del otro. De lejos y de cerca. Víctimas.
Basta. Falta conciencia, reconocimiento, responsabilidad. Falta unión, plan, estrategia. Y, sobre todo, falta la acción decidida para poner fin a esta macabra pesadilla. Hoy es el día para sensibilizar sobre la necesidad de abrir el camino a la solución para salvar vidas, que siete millones de minas acechan y son demasiadas para seguir sin verlas. Hoy es el día de proponerse acabar con ellas.
Texto © Elisa Pavón
Fotografía © Joaquín Tornero
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