Dales Voz a Las Víctimas

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EL MILAGRO DE LA VIDA EN EL SAHARA

En momentos como éste, consumida ya por la decepción y la frustración que me provoca el haber encontrado al fin respuestas muy buscadas y tener que tomar decisiones que no me gustan, agradezco descubrir de nuevo en las fotografías de mi «compa» Joaquín Tornero razones para la esperanza y para volver a creer en la grandeza del ser humano.

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Pienso y revivo momentos de esos en los que abrí las compuertas de mis cinco sentidos para capturar y retener en mi cerebro los aromas, los colores, los sonidos, las texturas y los sabores del desierto, tan sorprendente y desconocido para mí entonces como inhóspito y severo siempre para los saharauis. Todo un choque cultural, donde los prejuicios adquiridos sin saberlo a lo largo de mi vida iban cayendo como la arena que sacudía de mis botas, y donde la vida cobraba un nuevo sentido para mí, redirigiendo mi brújula hacia la defensa de un pueblo ignorado al que personalmente le debo mucho, por haberme rescatado de mis propios miedos una vez.

Situada entonces a años luz de donde me encuentro ahora, a todos los niveles y en todos los sentidos, me dediqué a absorber la esencia de la injusticia que les hace resistir, a comprender lo que encierran las lágrimas emocionadas de las madres que me contaban terribles experiencias vividas, sufridas y luchadas. Horas y horas invertidas en escuchar y preguntar, sintiendo profundo con el alma convertida en esponja, tras las que aprendí que el significado de la palabra «Paz» abarca mucho más allá que su mera definición. No es sólo una situación de ausencia de guerra, ni un estado anímico de tranquilidad y quietud. Paz es adentrarse y dejarse llevar hacia el interior de esa otra dimensión, donde sin saber cómo ni por qué descubrí mi alma desprovista de sentimientos negativos, inmersa en un estado donde dejé de esperar que las cosas sucedieran, donde el reloj no marcaba las horas ni establecía plazos. Aprendí a sentir que lo que tenga que ser, será; que la supervivencia depende del esfuerzo colectivo y no del individual y que el hoy es nuestro presente, el ahora que nos obliga a vivir sin mirar atrás, sólo pensando en el futuro con las lecciones aprendidas del pasado y un bagaje de recuerdos que atesoran la trayectoria de toda una vida que siempre permanecerá allí. Aprendí a creer en el destino y no en la suerte y a entender que mi Dios no es tan distinto del suyo, desde que las palabras inchallah (ojalá, que Dios lo quiera) y hamdullah (gracias a Dios) quedaron incorporadas no sólo en mi vocabulario, dando sentido a tanto que antes no lo tenía.

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Y es entonces cuando vi, entendí y asimilé el factor humano de una tragedia política plagada de hilos que sostienen intereses económicos, mentiras y demasiados egoísmos envueltos en ansias de poder y riqueza, que son al final las razones que mantienen, acrecientan y avivan tanto sufrimiento del pueblo saharaui. Un factor humano al que regreso siempre para recordar que, para mí, las personas están por encima de la política y que son siempre la única razón por la que vale la pena luchar. Me pierdo sola en mi propia paz, que la encuentro en tantas conversaciones de profundas confesiones, donde mandaban los sentimientos verdaderos y las emociones compartidas; o en los paseos hundiendo los pies en la arena mientras el Sol, el viento o las estrellas me hacían extraer la savia bruta de cada gesto y cada palabra de las víctimas de minas, empapándome de la esencia misma de lo que significa «Paz», porque a ellas se les desborda desde el interior y la dispersan difuminadas en infinitas gotas que conforman una brisa que enseña a asumir y a positivizar los golpes del destino.  Y ese es el gran milagro de la vida: Vivir y dejar vivir.

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Escucho el primer llanto de un recién nacido mirando las fotografías de Joaquín de un parto en los campamentos, ese sonido de vida pura que despierta y renueva las esperanzas entre las sonrisas orgullosas por la maternidad. Y da igual si las condiciones de vida en las que están los refugiados saharauis nos encogen el alma de primeras, porque el colorido de esas melfas multiusos envuelven de luz el nacimiento y desafían las ansias de cuantos quisieran verles desaparecer. Un llanto que me transportan al origen de mi propio ser, para poder mirar a los ojos de los demás y saberme en paz conmigo misma, consciente de los errores que me hacen tan humana como a ti. Se me inunda la mente de vivencias y caen en cascada sobre mí los pensamientos que me llevan a echar de menos tanto que fui, consciente de todo cuanto di y agradecida por todo lo que recibí.

Sé que hoy sigo creyendo en las personas, aunque ya no crea en otras muchas cuestiones que en su día defendí, porque ahora sé cómo manejan y acondicionan a conveniencia la realidad y el futuro de este pueblo que merece poder ser de una vez, aunque para ello quizá tenga que remontarse a sus orígenes y renacer.

© Elisa Pavón

Fotografías © Joaquín Tornero

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