Dales Voz a Las Víctimas

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LA MEMORIA DEL INCONSCIENTE

Es un deber. Así responden cuando les agradezco su confianza y su sinceridad al abrirse de par en par en una conversación conmigo, en la que se lanzan sin paracaídas a un vuelo por sus propios sentimientos, atravesando los miedos y rompiendo, al fin, la barrera de un silencio no impuesto, pero sí asumido. Son mujeres víctimas, directas o indirectas, de las minas. Sus palabras tienen un cariz distinto, porque no es lo mismo contarlo que vivirlo, ni mucho menos aún contarlo reviviéndolo. Lo aprendí cuando ellas decidieron no dejarse nada dentro, exteriorizar lo oculto en el alma dolida y derramar lágrimas cargadas de rabia, impotencia y resentimiento, que al abandonar así sus cuerpos abrían también las compuertas al valor, a la esperanza y al impulso de seguir adelante, aceptando que la vida es así.

Nana Ahmed Embairik

Nana Ahmed Embairik

Con el tiempo, a mí me sigue jugando malas pasadas el subconsciente, porque almacena demasiados detalles que se escapan de mis recuerdos a veces amnésicos, y me los trae de vuelta cuando menos lo espero. Un poco lo que yo llamo asociación de ideas… Empiezo a pensar en algo y, por una sucesión en cadena de diferentes pensamientos que se entrelazan por un hilo casi transparente de unión, termino en otra cosa que nada tiene que ver, normalmente, y que me obliga a deshacer el camino para averiguar cómo llegué hasta allí. Es entonces cuando me doy cuenta de que pensando en ellas, en las víctimas, me transporto a otro escenario, a esa parte de mí que no es consciente, y ya no escribo con libertad -en el sentido clásico-, porque mis palabras fluyen determinadas por experiencias vividas intensamente con ellas, que extraigo sin darme cuenta de la memoria del inconsciente.

Me acaba de pasar, mientras empezaba este escrito. Me fui sin pretenderlo saltando de pensamiento en pensamiento hasta llegar a empaparme en las lágrimas de Nana Ahmed Embairik. Escribí sobre ella un artículo titulado “Los miedos de la verdad” y me vino a la mente porque a ella sí le falta ese impulso necesario para seguir adelante del que hablé al principio. Me imaginé un pedazo de tela de color rosa como su melfa en el que le escribiría “sé tú misma y libérate. Te doy mi fuerza”, porque ella la necesita de verdad. Sentadas perdidas en el tiempo hablando con el corazón, Nana reconocía -ahogada en un mar de lágrimas y reproches- que pasó la vida fingiendo ante los demás haber superado aquel fatídico accidente ocurrido cuando tenía 3 años, pero que le golpeaba de lleno a diario cuando descubría su cuerpo y encontraba otra vez las terribles secuelas de una explosión que hizo jirones su piel desde el pecho hasta la cadera. Sus angustias se tradujeron en miedos y en complejos que atoran su mente, porque su trauma psicológico es más fuerte que su autoestima. La recuerdo avergonzada confesando que teme no poder ser madre y que ningún hombre la quiera… ¿Por qué una víctima ha de sentir vergüenza? La belleza no está sólo en el exterior y esta joven saharaui merece que la vida le sonría y la bendiga con su mayor deseo, y no sólo porque es una superviviente…

Por testimonios como el de Nana es por lo que me siento tan agradecida y con tantos recuerdos almacenados en esa memoria del inconsciente que me asalta cuando pienso en ellas. La veo con nitidez retorciendo nerviosa un extremo de su melfa, mirando al horizonte sin aterrizar las palabras, hasta que se encontraron frente a frente nuestras miradas y juntas nos elevamos del suelo. Mi primer mensaje para la campaña “Dales tu fuerza” será en homenaje a ella, porque aunque Nana finja olvidar, lo cierto es que sigue avanzando y luchando. Regenta una cooperativa de ganado en el campamento de El Aaiún, con otras dos víctimas de minas, y asume el rol de ayudar a su familia, viviendo siempre a pesar de todo… Es grande, aunque ella no lo sienta así. Por eso, quisiera que lo sienta, hacerle llegar toda la fuerza, solidaridad y el reconocimiento que merece por su valentía. Giro la cabeza movida por mi memoria del inconsciente y la veo de nuevo, fundida en ese abrazo en el que me susurraba “gracias, hermana”, y le sonrío con tantas ganas de poder hacer milagros que me salgo de mi misma. Como ella hay muchas mujeres víctimas directas o indirectas de las minas terrestres que merecen mi profunda admiración, así como un lugar privilegiado en esa memoria mía que coarta mi libertad consciente para enseñarme a escribir desde el registro del inconsciente, por ellas y para ellas.

© Elisa Pavón

Fotografía © Ahmed Mohamed Lamin

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