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LOS PREJUICIOS MINAN Y AMPUTAN LA VERDAD

392272_10150985419748016_21620131_nHace pocos días explotó otra mina terrestre en el Sahara Occidental. Un joven de 33 años, sargento de la Unidad Especializada en Desminado del Ejército Marroquí sufrió graves lesiones en un pie por la explosión de una mina antipersona. Seguramente la pisó mientras realizaba su trabajo de descontaminación en la frontera con Mauritania, en Bir Guenduz, provincia de Awserd. Fue inmediatamente evacuado y trasladado en un helicóptero militar al hospital militar Hassan II, en la ciudad de Dakhla, al sur del Sahara Occidental. Él ha sido la primera víctima de mina de 2015 en el Sahara Occidental y también ha sido objeto de comentarios grotescos e hirientes, escudados bajo el paraguas de la “Libertad de Expresión” entendida como un saco donde todo está permitido. Expresiones ávidas de carnaza que hacen política con los dedos amputados de este joven que contribuía a limpiar un territorio contaminado en una guerra que él no hizo. “El hechizo se volvió contra el hechicero”; “Es lo mínimo que les puede pasar”; “Beben de su propia medicina”…. Es lamentable ver en este tipo de expresiones cómo hay quien se jacta y se regodea en el sufrimiento ajeno, el mismo que tantas veces denunciamos y que hemos tenido que lamentar en la piel de saharauis. De nuevo, la doble moral del pacifismo ataca por la espalda.

Ni el conocimiento ni la ignorancia son absolutos… Nada es absoluto en realidad. Defiendo la Libertad de Expresión con uñas y dientes, pero también la enmarco personalmente dentro de unos límites que considero que debe tener, principalmente cuando puede incurrir en un delito o cuando alimenta el discurso del odio. Escribí ayer una frase que mascullo hace tiempo y sobre la que hoy reflexiono: “Cuánto mal siembra la ignorancia”.

Constantemente leo comentarios en las redes sociales que, por un lado, reclaman respeto a determinadas ideas y/o creencias, y por otro lado, al amparo precisamente del Derecho a la Libertad de Expresión, desahogan rabia y dispersan ira y odio por doquier, al tiempo que ponen de manifiesto abiertamente la ignorancia de quien se expresa. Y es que ahí está la clave que nos lleva a apoyar nuestras opiniones sobre la base de una certeza prejuiciosa, que cree en la maldad o la bondad del otro y en la justicia del razonamiento propio por encima de todo, sin que exista reflexión o flexibilización alguna. Al final, el hecho es que por medio de unas u otras excusas, siempre tendemos a generalizar por una situación o una persona. Es trágico esto…

Todas las víctimas de minas son inocentes, porque caen en la trampa de estos restos explosivos activos que se abandonaron tras una guerra. No hay rangos ni categorías para clasificar a las víctimas. No hay nacionalidades, ni edades, ni sexos. Sólo hay personas. Y comentarios como los mencionados, que se hacen por conveniencia en una mal entendida reacción por el padecimiento del pueblo saharaui a manos de la política de ocupación marroquí, resultan discriminatorios hacia las víctimas, que son los grandes perjudicados y, además, están indefensos.

¿Cómo podemos ser tan incongruentes con nuestras propias ideas? ¿Las minas sólo son putas si matan, mutilan o hieren a saharauis? ¿Podemos lamentar que le explote a un saharaui y alegrarnos de que ampute el pie a un oficial marroquí? Dicen que la Libertad de Expresión es esencial para el descubrimiento de la verdad, pero la información y la desinformación malintencionada constituyen un freno al conocimiento. Así no es libertad de expresión, así sólo es hostilidad disparada en palabras sin argumento y la incoherente relación estereotipada entre pacifismo y venganza, que logran que la credibilidad se pierda y el daño se transforme en ofensa que valida el ejercicio de la violencia.

A las 5.000 víctimas de minas computadas desde 1975 (2.500 víctimas registradas por el Frente Polisario y otras 2.500 informadas por el ejército marroquí), sumamos la primera de este año. Ojalá los comentarios de todos versaran sobre que ésta fuera la última o sobre qué hacer para que así sea, con respeto hacia la víctima y sin aditivos.

© Elisa Pavón

Fotografía © Joaquín Tornero

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