Dales Voz a Las Víctimas

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VÍCTIMAS DE LOS DERECHOS HUMANOS

calle-derechos-humanosHemos repetido hasta la saciedad que las minas terrestres no distinguen entre tiempos de guerra o tiempos de paz, ni entre militares o civiles, ni entre edades, sexos, razas, nacionalidades o religiones. Hemos tratado de transmitir siempre que esas minas universalizan la tragedia y globalizan a los afectados en ese término: VÍCTIMA. Es por ello que necesito hoy volver a escribir sobre esto, decir lo que nadie dice, otra vez, porque sigo creyendo que la unión hace la fuerza y que la lucha contra las minas y contra la marginación de las víctimas se consolida si se amplían las miras. Porque ésta es una cuestión más humanitaria que política, que cuenta con legislación internacional específica y que requiere de altas dosis de solidaridad para acorazar los derechos de quienes acarrean la parte más dura y dolorosa de esta tragedia.

Con la Declaración Universal de los Derechos Humanos en una mano, le doy vueltas a un globo terráqueo con la otra… Gira y gira, mientras miro atentamente los colores de los países buscando algo que me responda qué hizo que el hombre haya convertido aquella expresión de buena voluntad elevada al cubo en una utopía carente de sentido. Derechos Humanos… ¿Qué es eso? Si hay más de 160 conflictos políticos o bélicos en el mundo actualmente y apenas somos capaces de nombrar, con suerte, una docena; Si hemos logrado entre todos construir dos mundos en el que uno le debe la vida al otro, donde las desigualdades se anteponen a cualquiera de los principios elementales de la Declaración de los Derechos Humanos que sostengo en mi mano sin ninguna fe…

Treinta artículos nada menos recogidos para garantizar derechos de todos los seres humanos que, en el fondo, no son otra cosa que frenos o cortapisas para la injusticia. Tenemos derecho a no ser invadidos, violados, atacados, oprimidos, torturados, explotados… En síntesis, esta Declaración nos confiere Derecho a que otros humanos no se sientan facultados para suprimir cualquier de los derechos que nos reconoce. Esto es un poco de locos, pero se traduce en definitiva en que todos y todas somos víctimas de nuestros propios Derechos Humanos.

No es un tratado, ni una convención que conforme la base del Derecho Internacional y que, por lo tanto, se imponga como de obligado cumplimiento a las naciones o a las personas. Es una fuente de Derecho que más bien apela a la conciencia de lo que debería ser, aunque no sea. Es una Declaración de buenas intenciones y eso no sirve, a las pruebas me remito, porque no tienes más que echar un vistazo y fijarte en cómo está el mundo. El 10 de Diciembre de 1948, Naciones Unidas dictó un manifiesto consensuado con los entonces 58 países miembros (de los cuales sólo votaron a favor 48) por el que se enumeran aquellas libertades, facultades o reivindicaciones que se otorgan a toda persona por el simple hecho de su condición humana, como garantía de una vida digna, sin exclusiones ni distinciones por causa alguna. Se acepta implícitamente cuando se ingresa como país miembro en la ONU, pero no se firma. Ratificarlo supone adherirse a cualquiera de los pactos, tratados o protocolos específicos creados para dar cobertura y garantía real a cada uno de los derechos que se recogen en la Declaración, pero eso no se dice y tampoco se hace.

Si, entre otros, tengo derecho a no ser sometida a esclavitud, explotación ni torturas; a no ser objeto de injerencias en mi vida privada, la de mi familia o en mi domicilio; a la libertad de pensamiento y de opinión, así como a expresarlo libremente siendo consciente de que el límite de mi libertad termina donde empieza la de los demás… Me pregunto ¿quién le otorga a otros el derecho de pasarse por el arco del triunfo esta Declaración y convertir mis derechos un papel mojado? ¿Y qué pasa cuando lo hacen? Apelamos constantemente a la Declaración Universal de los Derechos Humanos para denunciar las violaciones y vulneraciones de los distintos artículos, pero me descompone ver cómo caen en saco roto porque no hay un respaldo legal que los ampare y proteja. Sí, hay intención, indudablemente, pero el mundo de color de rosa se lo dejo a Yupi, porque yo vivo en el mundo real y clamo y exijo que haya mecanismos y un orden social establecido a nivel internacional para garantizar y salvaguardar cada uno de los derechos de las personas.

Se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos y yo en este día pediría cordura, voluntad política de protección frente a las injusticias y acción social estructurada de denuncia de todas ellas, una a una, como corresponde. Sí, todos somos humanos, pero sólo unos cuantos congéneres atropellan a los demás, precisamente porque se sienten facultados para suprimir aquellos derechos que les parecen oportunos y sustituirlos a conveniencia, normalmente aludiendo, además, a que es “por seguridad”.

¿Qué se celebra en realidad? En este día, personalmente voy a celebrar que aún hay esperanza, porque a veces las cosas se terminan por hacer bien. 60 años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se alcanzó la que sí considero que catapulta el cumplimiento de las directrices que defienden los derechos de las personas más vulnerables: La Convención de los Derechos Humanos de las Personas Con Discapacidad (2008), que cruza la línea entre lo que es y lo que debería ser, para conformar un nuevo marco legal en el que se pasa de una perspectiva médica o caritativa a un enfoque de derechos humanos, que vela por que las personas con discapacidad tengan acceso y puedan participar en las decisiones que influyen en su vida y solicitar reparación en caso de que se violen sus derechos. Y en ella se reconocen expresamente a las VÍCTIMAS de minas y otros remanentes de conflictos bélicos.

Los conceptos fundamentales de respeto de la dignidad inherente y la autonomía de las personas con discapacidad, la no discriminación, la participación, la inclusión, la igualdad y la accesibilidad son los principios de las obligaciones contenidas en la Convención, que articulan también las normas de aplicación y seguimiento a nivel nacional.

Esta es la clave y se recoge en el artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público. Somos más fuertes de lo que creemos, pero vivimos en un mundo mediocre que gira y gira…

© Elisa Pavón

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