Dales Voz a Las Víctimas

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LO QUE ES SER VÍCTIMA CUANDO TODO SE VUELVE INFIERNO

1241097_10151626275403016_1351805662_nQuizá nos equivocamos y el grito adecuado no sea “¡No más minas!”, sino “¡No más víctimas!” para que el mundo se entere bien. En poco menos de un mes tenemos que lamentar 6 víctimas mortales y 3 heridos en explosiones de minas terrestres ocurridas en las inmediaciones del Muro Marroquí en el Sáhara Occidental, a ambos lados de la berma y con víctimas de ambos bandos del conflicto. Y no es que ahora se produzcan más accidentes que antes, sino que ya existe cierta conciencia social y se está informando sobre ellos desde donde se producen. Ahí están esas cifras, que miran sólo treinta días atrás, y no engañan. Son la muestra que evidencia la cruda realidad de una situación que el mundo ignora, aunque pensemos que simplemente lo elude y no lo enfrenta. Lo cierto es que no se conoce esta problemática tan grave que encadena tragedias y que se plasma en decenas de civiles con severas amputaciones y lesiones -si no mueren- por culpa de las minas terrestres abandonadas tras la guerra en el desierto saharaui.

Escribiendo sobre esas víctimas a las que pongo nombres y apellidos y sitúo en una familia que queda rota y convulsa por la tragedia, se me llena la cabeza de ideas, pero no encuentro palabras para explicar cómo siento la soledad que invade a las víctimas y a sus familias, envueltas todas en ese coraje que encierra un sentimiento oprimido de impotencia, mezclada con cierta culpabilidad por no saber o por sí saber y no hacer caso. La sombra de esa fatídica frase que se repiten con insistencia “… ¿Y si hubiera…?” abre las compuertas para que todo se vuelva infierno cuando lo negro predomina en el horizonte que uno ve, hasta que por fin llegan las energías que habilitan la fuerza de voluntad para sobreponerse al destino y empezar de nuevo. Es entonces cuando ese coraje de pura cólera que invade a las víctimas se convierte en virtud, en afán de superación, en arrojo y en toda una habilidad humana para demostrarse a sí mismos y a los demás que sí se puede. Tanto aprendo de cada uno de ell@s y de sus agallas que me quedo corta cuando trato de explicarlo.

Les siento cuando cuentan que es un sonido que augura tragedia. Suena click y todo se enturbia y se cubre de un cruel silencio en el que agoniza la vida en un suspiro. Dicen los que las pisan caminando que no hay tiempo para el terror, que no hay siquiera una milésima de segundo para encomendarse a Dios y despedir la vida. Cuentan que no recuerdan el instante inmediatamente posterior al despertar de nuevo a la vida, que no alcanzan a vislumbrar atisbo alguno de lo ocurrido en primera instancia. Luego sí, porque entre el dolor, la sangre, la impotencia y el miedo cae sobre sus hombros el peso de la cruda realidad, aunque no se rinden y se ponen en cuerpo y alma al servicio del destino. Hoy, todas y cada una de las víctimas, son la mayor evidencia de la flagrante violación de los Derechos Humanos que supone el Muro Marroquí en el Sahara Occidental y los casi 10 millones de artefactos explosivos remanentes de la guerra que continúan activos y dispersos por todo el territorio saharaui. ¿Qué derecho hay a tanta injusticia?

1291940_10151626275158016_1673284063_nY es que ser víctima es mucho más que sufrir un accidente de mina, bomba en racimo o una munición cualquiera perdida. Conociendo a tantos saharauis afectados por efecto de las minas, la palabra “víctima” cobra de nuevo para mí su acepción principal del diccionario, que es la que menos se utiliza, dicho sea de paso. Todo ser viviente destinado al sacrificio es víctima, aunque el mundo atribuye una concepción universal entendida como cualquier animal o persona que sufre un daño por culpa ajena o por caso fortuito. Y así es, cada saharaui muerto, mutilado, paralítico, privado de cualquier de sus cinco sentidos o con irreparables daños psicológicos es una Víctima, porque cayeron en la trampa de estas putas energúmenas cobardes que se esconden por doquier, ocultas y furtivas. Vidas rotas sin discriminación de sexos, razas, religiones o ideologías. Explosiones aleatorias que destrozan familias, ilusiones y sueños por un click que activa el desastre. Pierden su capacidad de ganarse la vida con su trabajo, privan a las familias del sustento básico que otorga un padre o una madre y les condena al drama de subsistir cuidando a una persona privada de sus facultades para ser autónomo. Con los jóvenes o niños la tragedia es supina, con toda la vida por delante y las alas cortadas… ¿Qué hacer?

Y en el fondo, todas son víctimas por omisión, porque no se puede terminar una guerra y “olvidar” diez millones de restos explosivos activos en un territorio que pone en riesgo la vida de los civiles. Hay que insistir en esa firma de los tratados internacionales por parte de Marruecos, hay que insistir en difundir la realidad de esta tragedia y hay que gritarle al mundo que en el Sahara Occidental se vive una guerra que no es guerra pero tampoco es paz. Las víctimas existen, ahí están. Nosotros no las abandonaremos. ¿Y tú?

© Elisa Pavón

Fotografías © Joaquín Tornero

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