Dales Voz a Las Víctimas

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LAS VÍCTIMAS MÁS INOCENTES

Hoy tengo sólo niños en la cabeza, pequeños inocentes de alma pura que sufren víctimas de odios adultos desconsiderados. Busco aliento para salir medianamente airosa de los pensamientos que me produce el recorrido hecho entre imágenes de muerte, destrucción, soledad y miedo. Ojos envueltos en niñez que siento que me piden que les de voz, porque ellos, mientras huyen de sus respectivos infiernos, no pueden siquiera gritar, pues su llanto o sus gritos pueden alertar de su posición al enemigo o puede que denote ante los demás cierta debilidad… Cruda realidad la suya, invisible e insonora. Cruda realidad la nuestra, mediocres incapaces de reaccionar.

Personalmente, no necesito ver fotografías de críos asesinados vilmente por las bombas israelíes en Palestina, ni el abandono de otros muchos huérfanos en Siria bajo fuego indiscriminado que los convierte en el blanco más fácil. No tengo necesidad de ver sus cabezas reventadas ni sus cuerpecitos indefensos hechos pedazos, en los brazos de padres destrozados que lloran su impotencia con lágrimas de sangre inocente.  ¿Acaso es más cruel un conflicto si se muestra el morbo de la guerra en cuerpos que llevan tallas de 0 a 6? No, no necesito fotos explícitas de sangre infantil, me bastan y me sobran los surcos de ríos de lágrimas saladas abiertos en sus caras sucias. Gotas de amargura cada una de ellas que reclaman más que ayuda, gritan socorro ante un mundo ciego, sordo y mudo que sólo comenta la barbarie de la guerra en un baldío y mezquino intento de expresar indignación con un suspiro y un “¡qué horror!”. No es esa la pregunta a responder, la verdad, porque ya sabemos que la sangre ajena llena telediarios… ¿Por qué? Ese sí es el quid de la cuestión.

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El pasado fin de semana fuimos a Campo (Huesca) al Festival Sahara Color Rice. Se movía ambiente solidario comprometido. 1.400 kilos de arroz y lápices de colores para los refugiados saharauis hacen que todo esfuerzo sea pequeño ante iniciativas como ésta. Había muchos niños del programa “Vacaciones en Paz”, que salen del infierno del desierto argelino para pasar un verano en una familia de acogida española. Durante dos meses disfrutan de lo lindo, sin olvidar un instante la razón de su exilio, ni la del sufrimiento de su pueblo. Colaboradores improvisados que, sin sobrepasar el metro veinte de altura, contaban a la gente cómo es de difícil ser víctima de mina en los campamentos. Y no porque sean conocedores de esa realidad en concreto, sino porque son capaces de imaginarla. Activos embajadores de una causa olvidada que ellos renuevan cada año en su visita, aunque me conformaría con que su papel se pudiera restringir sólo a disfrutar y, si me apuras, a levantar estereotipos baratos forjados sobre prejuicios indecentes respecto a esta sociedad árabe y musulmana. La política no debe ser cosa de niños, que luego pasa lo que pasa… Si es que la culpa es nuestra, de los adultos, que no medimos cuánto pueden llegar a implicarse y cuánto les puede llegar a costar después. Por eso me encantó verles mezclados con niños y niñas españoles, integrados en la multitud bailando “Zumba” en el festival, entre risas y despropósitos arrítmicos que tenían su gracia, cómo no, siendo sólo lo que son, puros niños.

10563426_10152219080203016_1327914288_nMe sorprendí a mí misma varias veces observando a las mujeres saharauis que allí se encontraban. Hermosas y coloridas melfas, que daban autenticidad a la causa, y que lograban que clavara los ojos en los suyos, iluminados de recuerdos y anhelos al ver a los pequeños disfrutando. Echar la vista atrás recordando a padres, hermanos, hijos y demás seres queridos que se quedaron en los campamentos de refugiados saharauis o en los territorios ocupados por Marruecos.  En el transcurso de su charla “La jaima en la azotea”, REDMANSA y la UNMS instaban a los presentes a derribar tres muros impuestos en el conflicto del Sahara, el del silencio, el de “la vergüenza” y el de la igualdad. Soy madre y como tal las escuchaba pensando en todo aquello que ya sabemos pero que hay que repetir hasta la saciedad, y me asaltó la idea de preguntarme quién sufre más en una guerra… Las madres, sin duda, tanto las de los asesinados como las de los asesinos. En el conflicto saharaui el papel de la mujer es emblemático. Vivir un éxodo sorteando bombardeos de fósforo blanco y napalm, persecuciones, saqueos y acosos, cargando en su andadura con niños, enfermos y mayores, fue el primer escalón de una larga escalera de resistencia pacífica desde la que sostienen al pueblo saharaui desde hace 39 años. “No está permitido el pesimismo en la causa saharaui”, decía con orgullo Jadiyetu El Mohtar, representante de la UNMS en España, mientras alababa el trabajo modélico de las mujeres creando de la nada los campamentos en el exilio y manteniendo firmes sus tradiciones y cultura, desafiando el inhumano trato en los territorios ocupados por Marruecos en el Sahara Occidental y enfrentando con valor e inmensa paciencia la separación erigida en un muro minado. Y es que los niños saharauis también sufren, porque además de todos los factores acarreados por el conflicto en sí, se les suma un elemento diferenciador que hace aún más singular la postura de sus madres, que es la capacidad demostrada para sacrificar intereses particulares en favor del bien colectivo. Son madres de una meta común, la autodeterminación de su pueblo.

10564761_10152219084048016_23971962_nDesde el escenario del Festival Sahara Colour Rice se reclamaba justicia actuación tras actuación. Con la de Yslem Hijo del Desierto y Sanez El Sama, en su tributo a las víctimas de minas con su tema “Dales Voz a Las Víctimas”, al hilo de los acordes se me fueron los pulsos al cielo pensando que todo es culpa nuestra y le pido a Dios que proteja a todos los niños de nosotros, de los adultos irracionales que no pensamos que ellos son el colchón donde finalmente yacen todos nuestros errores. Escuchaba… “Una lágrima se escapa…  Dales Voz a las Víctimas” y se me hace pequeña esta plataforma para hacerlo, porque los niños y niñas saharauis, palestinos y sirios merecen un grito unísono mundial. Todos en realidad, porque son carne de cañón, protagonistas con mayúsculas del blanco de la manipulación mediática y política, así como la certera diana de indolentes armas cobardes. Basta de verles sufrir pasando hambre, frío, calor, sed o miedo; basta de verles llorar por temor, dolor, soledad o desesperación. Basta, basta, los niños son las víctimas más inocentes de cualquier conflicto. Pensemos con la cabeza de una vez, los adultos somos nosotros.

© Elisa Pavón 

Fotos © Joaquín Tornero

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