Dales Voz a Las Víctimas

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ENCRUCIJADA CON EL CORAZÓN EN LA MANO

Alguna vez se ha cruzado en nuestras conversaciones el fantasma de la vuelta a las armas como vía para la recuperación del territorio usurpado por Marruecos y como elemento clave para la consecución del objetivo de la causa, la celebración del referéndum de autodeterminación que ansía el pueblo saharaui. Es entonces cuando sus ojos se vierten en lágrimas y sus gestos se vuelven plegarias… Cualquiera de las víctimas saharauis de la guerra o mutilados por efecto de las minas terrestres y otros artefactos explosivos bélicos abandonados tras la contienda en el desierto, te dirá que siempre hay que buscar otras opciones por la vía pacífica hasta agotarlas. La guerra no es la solución, defienden, porque muchos la han vivido y todos pagan sin arrepentimientos sus consecuencias, aunque duela por dentro y por fuera. Eso sí, sin dudarlo, volverían a hacerlo con tal de recuperar su patria, si esa fuera la decisión unánime del pueblo saharaui. Tremenda encrucijada la suya, que se deshace en un debate interno donde siempre gana el ansia de libertad, sea como sea.

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Sidahmed Erguibi

Fuimos a la guerra para defender a nuestro pueblo y ganamos, aunque luego las promesas no se cumplieron”. Este es el sentimiento compartido de frustración y rabia contenida que expresan, cuando recuerdan aquel 1991 en que el Alto el Fuego parecía que llevaría a buen puerto la justa y legítima reclamación de los saharauis. Sidahmed Erguibi se emociona recordando cuando el Presidente de la República, Mohamed Abdelaziz, le entregó un reconocimiento por su valor en la batalla, aunque le costara severas lesiones que le postraron de por vida. Como él, otros muchos soldados del ejército del Frente Polisario entregaron cuerpo y alma a la causa, para lograr con ello la independencia de su pueblo. Ya no creen en promesas, ellos menos que nadie.

Zaina Amay Bachir

Zaina Amay Bachir

Zaina Amay Bachir, que en cada una de las arrugas de su cara acumula años interminables de sufrimiento, sacrificio y lucha por la libertad, recuerda cuando el ejército del Frente Polisario acababa de derribar dos aviones militares enemigos, uno marroquí y otro francés, que minutos antes habían sembrado el pánico y el caos bombardeando a la población civil saharaui indefensa concentrada en la ciudad de Tifariti, en pleno éxodo. Era febrero de 1976. Su hija, de 2 años y ella resultaron heridas de gravedad, pero aquella victoria frente al enemigo disipó el dolor e hizo resurgir de entre los escombros de muerte y horror esa dignidad y fortaleza con que los saharauis defienden su derecho y su razón. Porque la tienen. Zaina teme la guerra, pero no por las consecuencias que sabe puede tener para su pueblo -que también-, sino porque le invade profundo coraje al ver que al mundo no le interesa su causa, que es un conflicto armado anunciado al que nadie atiende, al que no se presta atención. Si así fuera, quizá sería evitable. “¿Crees que yo querría mandar a mis hijos a morir si no pensara que eso sería mejor que la vida que les espera aquí como refugiados? Han nacido y crecido en tierra prestada… Es hora de regresar a casa, de recuperar la patria y de vivirla”. Ojalá las cosas no llegaran a tener que ser así, pero es que estos casi 40 años son muchos, se hacen insoportables ya y, como todo, agotan la paciencia, porque el aguante tiene un límite. Y Zaina me lo dice con el corazón en la mano.  

Hemos hablado mucho con las víctimas de la situación de los jóvenes, de su pesimismo frente a las expectativas de la vía diplomática, de la falta de oportunidades con la que se presenta su futuro y de sus voces reclamando la vuelta a las armas. Cuentan que mantienen largas conversaciones con ellos cuando les visitan, que les explican cuánto duele la guerra y cuánto dura ese dolor en el interior. Compañeros, amigos y familiares muertos en el campo de batalla o situaciones que a uno realmente se le escapan de la cabeza, al pensar en salvajes e indiscriminados bombardeos sobre población civil indefensa, persecuciones mortales y viles ataques desproporcionados por una flagrante desigualdad de fuerzas militares a favor de las tropas marroquíes, aunque siempre inclinada del lado saharaui en cuanto a coraje, valentía e inteligencia. Conversamos largo y tendido sobre los riesgos del muro marroquí en el Sahara Occidental, sobre los millones de minas y otros restos de guerra que suponen graves amenazas para la población saharaui, por lo que las víctimas reiteran constantemente sus mensajes de prudencia y de mantener siempre los cinco sentidos en alerta cuando se está cerca. No en vano estos son los vestigios de un pasado que no fue como esperaban.

Y, por eso, temen que la juventud se vea abocada a un nuevo conflicto bélico, pero lo entienden, lo aceptan y si estuviera en sus posibilidades físicas, les acompañarían. Saben bien que el sufrimiento ocasionado por una guerra es difícilmente entendible cuando no se ha vivido. Ponen en manos de Allah su futuro, a sabiendas de que su destino está escrito y será lo que quiera Él que sea. Y, al final, siempre acabamos las conversaciones en lo mismo, en que es necesario que el mundo lo vea, lo sepa y reaccione de una vez, para evitar un baño de sangre, porque cada vez más convencidos aseguran que “no nos están dejando otra opción“.

©Elisa Pavón

Fotos ©Joaquín Tornero

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