Dales Voz a Las Víctimas

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INOCENCIA OLVIDADA EN EL CENTRO MÁRTIR CHERIFF

6Arena, polvo y viento. Kilómetros eternos. Nos dirigíamos al Centro de Heridos de Guerra y Mutilados por Minas Mártir Cheriff, en los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, en Argelia. Llegamos muy temprano, justo a tiempo para echar una mano a uno de los pacientes que iba a pasar el día fuera con la familia. Al poco, cada uno por su lado, tomando posiciones. Me situé en el centro de aquella enorme explanada rodeada de construcciones que parecían restos de una ciudad fantasma, por su estado deplorable y ese insoportable halo de abandono que lo cubría, y miré alrededor. En medio de un silencio sólo roto por el sonido de papeles arrastrados por el viento, sentí una inmensa soledad que ahogaba mi respiración. Os lo juro, hay que estar ahí completamente solo un instante nada más para ver y sentir cuán grandísima putada hicimos los españoles al pueblo saharaui. Y perdón, por favor, por la palabra, pero es que cualquier sinónimo que quiera encontrarle se queda siempre corto. Por primera vez, dimensioné con exactitud el tremendo esfuerzo realizado por los saharauis a lo largo de esos 38 años refugiados, creando de la nada (pero de la misma nada) un Estado en el exilio que clama por la libertad de su pueblo y por su independencia.

7Me despertó de ese letargo efímero la voz de mi compañero, que me buscaba a voces. Un momento de intercambio general de impresiones y, de nuevo, él se fue a sus fotos y yo a mis descubrimientos. Buscando a Daha Bulahi, responsable de Atención a las Víctimas de ASAVIM, mi cicerone, asomaba con prudencia y respeto la cabeza por las puertas que encontraba abiertas, aunque sólo daban paso a espacios donde la soledad se había instalado en aquellos pasillos vacíos y sombríos… más silencios. Una mano me rozó la espalda y me sobresalté. Ella me miró con los ojos tan abiertos como podía reclamando mi atención y extendió su mano para que la cogiera y la siguiera. No levantaba tres palmos del suelo, creo que no debía llegar siquiera a los 5 años… Pies descalzos, faldita a cuadros y ese pelo revolucionado en rizos imposibles, envolvían unos ojos ávidos de mostrarme las riquezas del lugar que, a buen seguro, de otra manera yo jamás encontraría.

2Me llevó de la mano hasta los contenedores de camión cerrados que forman una plaza con rampas y explanadas de cemento. Normalmente es donde trabajan las víctimas y sus familiares en la fabricación de prótesis artesanales, pero este día, festivo, se convertía en su paraíso de recreo. De repente, me encontré rodeada de niños sonrientes, cariñosos, expresivos a más no poder. Compartí con ellos esos minutos que te regala la vida cuando te permites cogerlos para disfrutarlos. Les coloqué pulseras de colores y les regalé pequeñas cosas sin importancia que llevamos para los niños y niñas de los campamentos, que a ellos les parecieron tesoros. Los trillizos y las dos nenas que les acompañaban hicieron que, por un momento, aquel mismo lugar donde minutos antes había sentido cómo me rompía por dentro la soledad, de repente se convirtiera en un escandaloso foro de risas y escenario de habilidades infantiles que mostraban con desenfadado entusiasmo. Son cinco de los niños que viven de manera permanente en el centro de mutilados, acompañando a sus padres hasta que cumplen la edad para incorporarse al colegio.

5Me gustaría poder escribir algo diferente sobre toda la realidad del día a día en el Mártir Cheriff, encontrar lo positivo, pero es que es muy duro ver cómo las víctimas y sus familias sobreviven en unas condiciones inimaginables para tratarse de grandes dependientes y de sus hijos y nietos. Esos críos mamando a diario la constante cobardía de los efectos de la guerra y de las minas, ¿cómo encontrarle algo positivo a la injusticia más injusta? Además, se me hace aún más cuesta arriba cuando trato de entender por qué se mantiene este centro asistencial tan alejado de los campamentos. Me comentaban que, al principio, se utilizó esta antigua escuela militar para albergar a los heridos de guerra, en un intento por alejar el dolor y la peor evidencia de la crueldad de la guerra de los ojos de cuantos estaban enfrentando una nueva vida en su condición de refugiados, superando cada uno su propio trauma y todos juntos, su drama colectivo.Con el paso de los años, esa distancia de kilómetros desde Rabouni, centro administrativo de los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, se ha convertido en una casi insalvable razón de aislamiento para las víctimas que viven allí y para los familiares que dedican sus vidas a su cuidado. Está lejos, demasiado lejos. Sin medios para mantener su precaria estructura y sin dotación suficiente para abastecer las necesidades de los 156 pacientes y sus familias. No hay bastante. La ayuda humanitaria no alcanza para cubrir las necesidades básicas de la población saharaui refugiada, ni para las específicas de las víctimas de minas ni heridos de guerra. Tampoco para que se puedan abordar los proyectos de mejora de cualquier tipo. Y lo peor es que quien lo tiene que ver y solucionar, ni mira ni actúa.

1Las víctimas y sus familiares tienen derechos, unos derechos que debemos entre todos hacer visibles ante la comunidad internacional y, especialmente, ante quienes son los responsables de que no se les tenga en cuenta. Aquella tremenda putada de España no sólo derivó en un conflicto político de complicada resolución sin apoyo externo, sino que dejó tras de sí incontables historias humanas que se perpetúan en el tiempo y en el olvido. Estos niños que miran ilusionados a los visitantes, deben ser la generación que crezca en un Sáhara Occidental independiente y, por ello, no deberían cargar sobre sus aún frágiles espaldas experiencias vitales tan extremas como vivir allí y así.

Por ell@s y para ell@s, Dales Voz a Las Víctimas.

© Elisa Pavón

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