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FATIMETU HUSEIN: “EL PRECIO QUE SE PAGA POR UN ERROR ES DEMASIADO ALTO”

Fatimetu Husein Labed 6Treinta años hace desde que se le rompió la vida en partes. Hoy sonríe, puede contarlo, y su hija también. Mientras hacía un té en su jaima, situada en el campamento de refugiados saharauis de El Aaiún, en Tindouf (Argelia), la conversación al final se tornó risas, porque la vitalidad de los niños y niñas que allí estaban se contagió entre nosotros a toda velocidad. Nos estaban esperando. Llegábamos tarde porque el siroco no nos permitía ver siquiera por dónde íbamos. Día difícil elegimos, aunque buen lugar para llegar. Un hogar en toda regla. Estaba toda la familia reunida, sabiendo que la matriarca iba a contar su historia para que sirviera a otros para conocer los peligros que encierran las minas terrestres marroquíes que se esconcen en el desierto del territorio liberado del Sáhara Occidental. Nos esperaba dispuesta a desentrañar secretos guardados en el fondo de su alma, a desvelar sus miedos, convencida de que, por fin, su experiencia podría realmente ser de utilidad… En especial, a ella misma, que tres décadas después, aún no había sido capaz de enfrentarlos.

Mal trago se pasa al tratar de imaginar lo vivido por Fatimetu Husein. Vivía en Tifariti, en los territorios del Sáhara Occidental controlados por el Frente Polisario. A  escasos 70 kilómetros al noreste de la ciudad, el Muro Marroquí, la pesadilla de la población civil saharaui. A su alrededor, el terreno continúa estando fuertemente minado. Dicen que hay más de 70.000 minas terrestres marroquíes allí. Yo no lo sé, sólo sé que he conocido los estragos que causan y aún estoy procesando el impacto de las historias de las víctimas, de sus sufrimientos y de su impotencia, que ya es también la mía. Tifariti fue objetivo de brutales bombardeos sobre la población civil saharaui por parte de la fuerza aérea marroquí, cuando huían indefensos hacia el desierto argelino donde continúan refugiados desde hace 38 años. Fruto de aquellos cobardes y devastadores ataques, miles de saharauis padecen secuelas incurables, físicas y psicológicas, siendo éstos además causantes de sembrar el desierto de bombas de racimo y otras municiones bélicas que aguardan silenciosas a sus víctimas.

Maluma Alal Embarek 6Ella empieza a contar lo que ocurrió aquél fatídico día de 1983. Fatimetu estaba en su jaima con una de sus hijas, Maluma, de 8 años. Las dos solas preparaban la comida para la familia que estaba por llegar. Iban a cocinar en la tierra, así que ambas, a poco menos de un metro de la vivienda, comenzaron a cavar en la arena con sus manos. Introdujeron la leña y al prenderla no saben cómo ni por qué, pero de repente, se produjo una violenta explosión, que las elevó a las dos por el aire. Al caer, se encontraron cubiertas de sangre. Fatimetu tenía el brazo derecho destrozado, heridas por el torso, pecho y cara. La pequeña, quemaduras en ambas piernas, que le hacían retorcerse de dolor y de miedo, ante la incrédula y aterrorizada mirada de su madre. Trataba de entender qué había pasado, por qué la leña había explotado con tanta fuerza… De inmediato me di cuenta, que con los troncos, accionamos una mina, comenta con la voz temblorosa Fatimetu, que en ese momento miraba directamente a los ojos a su hija, en una súplica interminable de perdón, que la joven devuelve con un grado máximo de ternura y comprensión.

Hora y media de espera allí tendidas, sin poder moverse, no sólo por las heridas, sino porque el terror se apoderó de las dos, que se abrazaban como podían y temblaban al unísono. Llegó el resto de la familia y se encontraron aquel panorama dantesco. Nadie daba crédito. Fueron evacuadas lo más deprisa posible desde el centro médico de Tifariti, donde recibieron los primeros auxilios, y trasladadas al hospital de Rabuni, en los campamentos de refugiados de Tindouf. Maluma lo pasó realmente mal. Sus quemaduras no pudieron ser tratadas hasta diez días después del accidente. Fatimetu recuerda también su propio calvario, minimizado sin duda por la preocupación por el estado de su hija. En Tifariti me dijo el doctor que tenía que ponerme un tratamiento de cura con desinfectante y yo seguí sus indicaciones. Me quejaba de que aquello me dolía muchísimo y las heridas del brazo no se cerraban. En el hospital de Rabuni llegó otro médico y vio que me estaba haciendo mucho daño en los tejidos internos aquel desinfectante. Me operó de inmediato y gracias a él ahora tengo brazo. Me comentó que si tardo cinco días más en parar ese tratamiento, habría tenido que amputármelo.

Han pasado tres décadas desde aquel infierno y su brazo sigue doliendo, maltrecho, con el músculo y varios ligamentos rotos y quemados por dentro. La articulación no funciona correctamente y le impide realizar sus labores cotidianas más elementales, desde su propio aseo. Las cicatrices de Maluma en las piernas revelan que vivió aquella pesadilla, si bien, por suerte para ella, se han ido diluyendo lentamente con el paso del tiempo, igual que el dolor.

Fatimetu me hace una señal como pidiéndome que la deje hablar. He vivido desde entonces queriendo aprender cómo puedo vivir con el miedo que tengo a salir, con el terror que tengo a enfrentarme a saber por qué nos hacen esto tan cruel, pero ya no me he atrevido jamás a volver a nuestra tierra libre… El miedo me ha paralizado tanto que ni siquiera he podido ni querido saber más. Yo quiero  hablar, quiero decirle a todos los saharauis que tengan cuidado, que si ven algo que les causa sospecha, que no lo cojan, que no se acerquen. Es mejor que pongan piedras en altura para marcar la mina y que retrocedan sobre sus propios pasos.

Ella, ya lanzada sin remedio a desquitarse de la rabia, sentencia: El precio que se paga por un error que se puede evitar es demasiado alto y los cobardes no son nunca quienes dan media vuelta para protegerse. Los cobardes sabemos bien quienes son… Sonríe, al fin, porque asegura que el peso de la culpa era muy grande para mi espalda, ahora sé que no fue mi culpa, ahora sé que yo no pude hacer nada por evitarlo…  Mira a su alrededor, sonríe a la familia concentrada en escucharla y recibe de vuelta el inconmensurable abrazo de todos ellos. Su vida sigue.

© Elisa Pavón

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