Dales Voz a Las Víctimas

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“NO PROMETÁIS NADA MÁS A LAS VÍCTIMAS”

Exposici—n

Ellos son los artífices de nuestro compromiso con las víctimas saharauis. Son Mohamed Mohamed Lamin Buchab, Bunemab Abdehaid Buseif y Sidbrahim Nayd Salek. Tres hombres de bandera, de los que no se callan las cosas porque hay que decirlas. Nosotros no íbamos a ser para ellos una excepción, así que reunidos todos en la casa de Mohamed, compartiendo un té y una conversación dolorosa pero necesaria, fuimos diana de tantos reproches que guardan en su interior como de tantas esperanzas como fueron capaces de depositar en una nueva iniciativa de apoyo a las víctimas, hecha por y para ellas. Nos contaron sus respectivas tragedias vividas, distintas en el momento temporal pero todas con un denominador común, una maldita mina anti-carro que sembró a su alrededor el desierto saharaui de muerte, dolor, sangre y cuerpos desmembrados.

El accidente de Mohamed Mohamed Lamin fue en 1980. Los marroquíes empezaban por aquel entonces a construir el primero de los seis muros que conforman los 2.720 km de arena y muerte que dividen de norte a sur el territorio del Sáhara Occidental y separa a su pueblo sin contemplaciones. Corrían tiempos de guerra contra Marruecos y viajaba junto a otros tres soldados en un vehículo militar. Pisar la mina y salir despedidos fue todo a una. No hubo tiempo, no hubo defensa posible. Aquel artefacto explotó cuando el coche lo pisó, accionando así el detonador. No era un Land Rover…., asegura Mohamed. En esos es más fácil salvarse. De los cuatro, dos murieron en el acto. Otro y yo salimos por los aires y sufrimos graves amputaciones.

Nos explican, para que nos hagamos una idea, que en este tipo de vehículo militar descubierto los pasajeros que ocupan los asientos traseros suelen tener más suerte, precisamente porque salen despedidos. El conductor y su acompañante, sin embargo, son los que pierden la vida, al estar demasiado cerca del motor, la pieza más pesada que, por presión, origina la detonación del explosivo.

ExposiciónEn octubre de 1982 le ocurrió a Sidbrahim Nayid. De tres ocupantes, dos muertos en el acto y él, sentado atrás, destrozado por la mina, pero vivo. Además de la amputación de dedos del pie y muchas lesiones, lo peor para él fue la pérdida de la mandíbula, que le mantuvo dos años comiendo a través de tubos y exclusivamente líquidos. Y Bunemad Abdehaid cayó en este mismo infierno en 1984, dejando tras la explosión un panorama desolador. Dos soldados muertos y su pierna izquierda arrancada por la decisión unilateral de Marruecos de utilizar en el Sáhara Occidental armas prohibidas, minas terrestres asesinas y despiadadas.

Es un accidente que ha mandado Dios y debemos respetarlo, afirma Bunemad,, convencido de que serví en el Frente Polisario para defender mi tierra y a mi pueblo, orgulloso de una bandera que el mundo oculta. Empezamos entonces a destapar las verdades que duelen, las que nadie escucha, porque demasiadas veces se las guardan. Pensad por un momento dónde están. Es el desierto, pero no un desierto cualquiera, éste es árido, pedregoso, inexpugnable. Está en el suroeste de Argelia, alejados de su país, viviendo en el exilio forzado por la ocupación marroquí, en los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, que dependen para todo de la ayuda humanitaria internacional. Pero es que llevan allí 38 años esperando una solución a un conflicto político que Marruecos prolonga sin que nadie ni nada le ponga freno con autoridad. Allí nada es fácil. ¿Alguien se ha parado a pensar lo que sentimos las víctimas de guerra o de las minas? ¿Alguien sabe cuán grande es nuestro sacrificio, tanto en la lucha colectiva del pueblo saharaui como en la lucha personal por salir adelante? Bunemad lanza la primera, con cierta rabia contenida y medida. No sabéis cuántos han venido y nos han hecho fotos -añade Mohamed_; cuántos nos han prometido ayudas  para las víctimas… Promesas, promesas… Luego, ninguno ha vuelto y no sabemos para qué han usado las fotos siquiera, porque nunca las vimos, ni supimos más de ellos.

Exposici—nY llegó entonces la pregunta del millón: ¿Qué prometéis vosotros? Sólo había unos segundos para reflexionar, decir lo que queríamos decir, aunque quizá no fuera lo que esperaban escuchar, y esperar su reacción. Nosotros sólo queremos trabajar por y para las víctimas; pretendemos concienciar a la población saharaui de los peligros, los riesgos, los efectos y las consecuencias del Muro marroquí en el Sáhara Occidental e intentar que, al menos, alguno recuerde vuestras historias para evitar nuevos accidentes; y nos ilusiona pensar que, quizá, podríamos llegar a crear una plataforma solidaria de ayuda directa a las víctimas en forma de medios que den cobertura a sus necesidades específicas. El silencio invadió el espacio. Ronda de té para todos y más silencio con miradas pensativas de los tres. Bien, por ahí vamos bien. ¿Y quién lo va a  hacer?, preguntaba Sidbrahim.

Vosotros, los saharauis. Las víctimas, con el apoyo de muchos expertos y con la participación voluntaria de la juventud saharaui, respondimos sin dudar, a lo que Mohamed apostilló: Vamos a creer en vosotros, vamos a apoyaros, pero no nos prometáis nada que no se cumpla. Allí se lo dijimos y aquí os lo contamos. No prometimos nada, sólo compartimos con ellos nuestra ilusión, la de cuantos nos han apoyado y la de todos y todas los que lo llevarán adelante. Su voto de confianza fue importante, es el sello de nuestro compromiso con las víctimas. Un mes después, volvimos. Sus fotografías estaban expuestas en el local que albergará un nuevo centro específico para sensibilización sobre el muro y las minas. El té nos supo igual de delicioso, pero el momento de compartir con ellos los avances de este arduo camino se hizo mágico al descubrir, juntos, que las piedras que lo obstaculizan se quitan, se apartan, porque es más fuerte nuestro impulso conjunto impulso que cualquier freno.

© Elisa Pavón

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